Ayer
Te vi.
Después de años sin vernos —la última vez me la recordaste tú: nos encontramos en una gasolinera y llevabas puesto un jersey azul marino de la marca para la que trabajé casi tres años.
Antes de saludarnos —viniste tú y eso me encantó—, te vi sentado entre la gente, en una de las primeras filas. Estábamos en medio de la ceremonia —se casaba tu mejor amigo, que es la persona que nos “juntó” en su momento— y le dije a mi hermana: “Si le viera hoy por primera vez, sería el tío en el que me fijaría.”
Esto es bastante increíble porque no soy la misma que te conoció hace diez años y dudo mucho que tú lo seas, pero creo que ambos, en ese momento, fuimos capaces de ver a las personas que seríamos hoy, y eso es lo que nos conectó tan fuerte. O no, quizás me lo esté imaginando… Pero creo que no. Por supuesto que, a todo este romanticismo galopante que escribo, le ayuda que estés más guapo que nunca con esas canas que te han salido.
Has venido a saludarme estando yo de espaldas y eso me ha gustado; había intención. Yo te había visto un par de veces desde lejos y me estaba costando un poco tomar la iniciativa, la verdad. Al rato te he buscado yo para que hablásemos un poco más porque me parecía importante.
Es verdad que me caracterizo por llevarme bien con mis ex —por eso y por escribirles una canción cuando los supero o quiero superarlos. A ti aún no te he escrito ninguna; creo que no estaba preparada.
Al rato te he visto solo en la barra y he ido a hablar contigo. Has sido cariñoso pero distante; muy elegante. Lo digo porque sé que ha sido por respeto hacia tu novia, con la que empezaste poco después de que lo “nuestro” —seguramente sea raro llamarlo así cuando nos dimos unos pocos besos y nos vimos unas pocas veces— se acabase.
Me has hablado de la vez que nos conocimos; me acuerdo perfectamente de ese día. Nico nos invitó a unas copas vuestras —yo aún tenía 17 años— y canté. Al final de esa noche me pediste mi teléfono —teléfono que no utilizarías hasta meses después. En concreto, la noche después de besarnos en el mismo sitio en el que hoy, después de 10 años y unos pocos días, nos hemos vuelto a ver.
Me has contado que vives en la playa, que estás feliz, que acabas de trabajar a las 20:00 y te vas a dar un paseo por la playa con tu perro que, si he entendido bien, se llama Sultán. Que tú y tu novia, que también es tu socia —os conocisteis haciendo la carrera—, acabáis de ganar un concurso para hacer un skatepark. Quizás no lo haya entendido bien, pero me ha dado la sensación de que era el primer concurso “importante” que ganabais. Me has dicho que estabas feliz y que, de la vida en nuestro Madrid, solo echas de menos los conciertos y poder tener un poco de vidilla entre semana. Inmediatamente he pensado en que eres más que capaz de suplirlo, porque hace nada viste a Oasis en Londres con mi hermana y mi cuñado —no están casados, pero es lo mínimo que puedo llamarle sabiendo que son el amor de la vida del otro— y, si sigo conociéndote un poco, seguramente sea uno de tantos.
Te he dicho que te mudes a Lisboa y también te he contado que lo he dejado “todo” —en realidad también soy parte de otros dos proyectos que me emocionan mucho— para ser cantante. Me has dicho que tú me ibas a escuchar siempre. Y ha llegado tu novia. Hemos hablado los tres un poco y, lejos de lo que podría haber sentido en otro momento, me ha hecho feliz que me cayera bien; puestos a que no estés conmigo, prefiero verte feliz y con una tía de puta madre. Sonrío porque hayan pasado diez años y sea capaz de verlo así, porque hace diez solo quería tirarle del pelo. Y eso que no soy nada violenta.
Como nunca he podido decírtelo en persona ni sé si podré algún día, dejo por aquí un par de cosas que me gustaría que supieras:
Gracias por enseñarme una de mis canciones favoritas de los Rolling. Gracias por invitarme a un concierto en nuestra primera “cita” —aunque fuéramos tú, yo y quince amigos tuyos. Gracias por ser un tío tan de puta madre. Gracias por haberte plantado en La Coquette después de varios meses sin hablarnos, sobre todo teniendo en cuenta que yo estaba con mis padres y que en nuestra última conversación había entrado en neurosis. Gracias por haber querido entender mis putas locuras —mis inseguridades sacaron lo peor de mí contigo y, aun así, casi te quedas. Gracias por tenerme el cariño que me tienes. Gracias por haber llegado demasiado pronto y volver diez años después a recordarme que, la próxima vez que se me pase una persona así por delante: alguien con quien comparto tantas cosas, que me gusta, que aguanta las mareas y que es genuinamente bueno y noble, lo que tengo que hacer es elegirle y quedarme, no huir.
Antes de acabar, te confieso que después de ti te buscaba en todos los Giulietta grises de Madrid. Que durante mucho tiempo fui a conciertos pensando que igual nos encontrábamos. Que quemé a los Rolling, sobre todo Dead Flowers. Que durante un tiempo fuiste —y creo que ahora vuelves a ser— mi vara para medir a los hombres. Que he repetido nuestra “última noche” —la última oportunidad que me diste— una y otra vez en mi cabeza; siempre con la conclusión de que en ese momento no hubiera sabido hacerlo distinto. Que pregunto a menudo por ti y, en realidad, ya sabía que estabas viviendo en la playa, pero me hacía ilusión escucharlo de tu propia boca. Que siempre, siempre vas a tener un sitio en mi corazón y que me hubiera encantado que hubiéramos podido vivir nuestra historia.
Y como dijo Aznar en mi post favorito suyo —y aunque tú seas querido y no querida—: “Me pregunto si sabes que eres mi jodida historia de amor. O mi historia de amor jodida. Nos bebemos en los bares, querida.”


Qué bonito lo explicas y con tan valiente verdad